“Food can be artistic – but it can never be art” (and cook?)

Firma invitada: Roser Beneito Montagut
Profesora de los Estudios de Informática, Multimedia y Telecomunicación
Universitat Oberta de Catalunya

Roser Beneito Montagut es profesora propia de la UOC desde julio del 2006. Desde 1998 ha impartido docencia universitaria en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Miguel Hernández, en el área de escultura. Sus intereses de investigación giran en torno al multimedia, la relación entre el arte y las TIC y las manifestaciones culturales en la sociedad de la información. Compagina su labor docente e investigadora con su trabajo artístico.

Andaba yo leyendo mis feeds cuando me encuentro otra vez con el eterno debate. Cada vez que a un comisario de arte se le ocurre incluir en la programación de museo o feria “algo” que no ha sido previamente canonizado por los círculos “tradicionales” del arte renace cual ave fénix la misma pregunta ¿qué es (el) arte?. Advierto que será mejor que dejen de leer si esperan encontrar alguna respuesta a dicha cuestión, tengo un estúpido vicio de plantear preguntas que no sé contestar y que además me plantean otro montón de preguntas.

Esta vez, en el artículo de The Guardian del cual he robado el titular y que ha provocado este post, Jonathan Jones pregunta en referencia a Ferran Adrià: “Is he an artist?”.

Les pongo en antecedentes. Hace ya casi un año que Roger M. Buergel anunció que el cocinero catalán participará en la próxima Documenta de Kassel (Alemania)como uno de los dos artistas españoles invitados. Y he aquí la polémica servida. Que si esto es arte, que si no lo es, bla, bla, bla.

Analicemos los argumentos de Jonathan Jones. Parece ser que si los artistas (pero sin decirnos que criterios utiliza para meterlos dentro del saco) cocinan, hacen arte, y ni duda nos cabe que las obras que menciona lo son. El segundo argumento que utiliza es que la comida no puede disgustar al destinatario final porque este se convierte en cliente, mientras que el arte “sí” puede hacerlo. Y como conclusión nos advierte “Until people go to a restaurant to think about death, cooking won’t be art”.

Si utilizáramos la misma lógica que Jonathan Jones para definir arte deberíamos eliminar cualquier manifestación que no estuviera realizada por un artista, segundo, que no disgustara ni fuera útil y por último que no nos hiciera pensar en la muerte.

¿Qué hacemos entonces con los videoclips, la publicidad, la arquitectura, etc? ¿Es más, qué hacemos con los videojuegos, la publicidad interactiva, el software art, el web design,…? ¿Quizá estamos volviendo a los argumentos que defiende que arte es lo que hace un artista sin que tenga ninguna funcionalidad? ¿Qué sucede con eventos como el reciente OFFF donde artistas digitales, cineastas, diseñadores gráficos y de web; músicos electrónicos de vanguardia, estudios de animación y publicistas conviven en el mismo espacio?

 

 

Llevamos tiempo huyendo de aplicar a la producción artística contemporánea tanto una definición hermética y cerrada como otra universal, porque si a alguna conclusión hemos llegado ya, en los inicios de la sociedad de la información, es a la imposibilidad de introducir modelos homogéneos para el arte en un contexto que es complejo y plural.

Entendemos que hoy la posibilidad y coexistencia de múltiples definiciones, procedimientos y modos de entender la obra de arte permite la convivencia de viejos y nuevos modelos. Esos nuevos modelos, una vez situados en su contexto sociocultural y escapándonos, o intentando escapar, de la fascinación que la técnica a menudo nos produce, tienen que ser valorados bajo una perspectiva marcada por la transdisciplinariedad. Me explico, el arte, desde hace décadas, se sumerge en terrenos que “tradicionalmente” no le pertenecerían –la performance, la música, la cocina, la electrónica, y otras muchas disciplinas. Pero parece que ponemos el grito en el cielo cuando desde otra disciplina se hacen incursiones en el arte, como puede haber sucedido en el caso de Ferran Adrià o de Armani en el Guggenheim.

¿Miedo? ¿A qué? ¿A que el arte cambie? ¿Pero no lo ha hecho siempre? La fotografía cambió la pintura, el vídeo cambio el cine, ahora la tecnología digital, e Internet, cambian el cine, el vídeo, la televisión, la música y la literatura y, evidentemente, el arte.

Las prácticas artísticas de mediados del siglo XX nos llevaron a entender la obra de arte como información; y sentaron las bases para observar que la práctica artística es comunicación, y esto tiene mucho que ver con unos planteamientos que, realmente, siempre han estado presentes en la práctica artística: la voluntad de acercarse al espectador, que ahora se ha acentuado al poner en estrecha relación arte, ciencia y tecnología, pero que como vemos no es la única vía. Entender la obra como un acto comunicativo nos permite observar de qué manera se producen importantes cambios conceptuales y formales en ésta con la aparición de nuevos medios, concretamente con la aparición y popularización de Internet.

Por ello consideramos que el arte, como fenómeno capaz de aportarnos conocimiento, está ligado a la realidad del espectador. Lo que experimentamos como realidad es un conocimiento compartido con los demás, ya que esta construcción se realiza a partir de la interrelación con otras personas, del dialogo, por la lengua y la cultura. De manera que el arte, se constituye a partir del consenso, de la cooperación y de la red entre individuos integrantes en cada contexto, independientemente de cómo se haga.

Es decir, el vínculo que se establece entre arte y tecnología, se puede entender como una aceptación de la necesidad de utilizar diferentes campos del saber para la comprensión de la obra de arte y esta necesidad de utilización de diferentes campos de saber puede ser extendida. El conocimiento artístico evoluciona con los cambios del contexto en el que vivimos. Cuando el modo de relacionarse, de dialogar, cambia, cambia la obra de arte. Por ello se evidencia la necesidad de un pensamiento que atienda a las múltiples relaciones y a los procesos interconectados.

Consideramos que la función de la obra de arte es la transformación de la realidad, una transformación entendida como dilatación de nuestra/s realidad/es, y por ello de nuestros conocimientos y experiencias. Esta transformación se da a partir de interacciones que dependen del contexto.

A partir de aquí, juzguen (o no) ustedes si esto o aquello es arte. Yo no me atrevo.

RSS
Follow by Email
Facebook
YouTube
LinkedIn

Deja un comentario