Anatema: autoarchivo y autopublicación de resultados de investigación

Firma invitada: Ismael Peña-López
Profesor de Políticas Públicas para el Desarrollo e ICT4D
Universitat Oberta de Catalunya

Ismael investiga el impacto de las Tecnologías de la Información y la Comunicación en la sociedad, especialmente en aquellos colectivos más desfavorecidos, dando lugar a lo que se ha venido a llamar la brecha digital. Uno de los temas que le interesan es cómo la disponibilidad de contenidos y servicios digitales pueden actuar en contra o a favor del progreso de dichos colectivos.

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Dicen George Roberts (y otros coautores) que un repositorio puede se un sistema demasiado descontrolado como para empezar, que cualquiera podrá dejar ahí cualquier cosa; tanta libertad puede ser un anatema para algunos ya que se abandona todo tipo de control sobre el sistema, pero [es probable que] esta aproximación pueda facilitar en gran medida una adopción a corto plazo [del repositorio]. Nos estamos refiriendo, por supuesto, a sitios web que una institución — generalmente una universidad u otro tipo de organización académica — ponen a disposición de docentes e investigadores para que, mediante determinada aplicación informática, utilicen el sitio para depositar o bien objetos de aprendizaje o bien artículos de investigación.

Sin embargo, lo que realmente sería anatema fuera proponer no la colaboración o uso de repositorios institucionales, sino que cada académico se montase el suyo propio. La cuestión no es baladí: por algún motivo o motivos que todavía no están claros, resulta que la Academia no se anima a utilizar dichas herramientas. Si miramos las estadísticas de uso, da la impresión que la concurrencia es abrumadora. Sin embargo, divididas esas estadísticas por unidad de tiempo y, todavía más, por potenciales proveedores de contenidos, el panorama no es desolador… pero casi.

Cuando el problema es debido a los derechos de propiedad intelectual, la persona individual, por norma general, tiene poco que hacer. Es el caso de la publicación en revistas científicas que o bien no permiten la reproducción de los artículos fuera de ellas o bien lo permiten después del llamado período de embargo. Dado que los editores ostentan los derechos, los repositorios no pueden alimentarse de todos esos contenidos.

A veces la cuestión es “sencillamente” saber incentivar al autor a que publique en abierto — y en el repositorio institucional —, ya que las herramientas existen, pero la montaña no va a Mahoma. De eso sabe mucho Bernard Rentier, el actual Rector de la Universidad de Lieja, que, sin obligar al uso del repositorio de la Universidad, afirma en su excelente blog: a partir del año académico 2007-2008, las únicas listas de publicaciones de los miembros de la ULg que se tomarán en cuenta oficialmente en todo proceso de evaluación interna, sea el que sea, serán las que generará la Bibliografía Institucional, es decir, el listado de lo que haya en el repositorio de la casa.

En la mayoría de los casos — y esto es especialmente relevante en los países en vías de desarrollo y subdesarrollados, pero no exclusivo — es que, simplemente, dicho repositorio no existe. Si bien es cierto que sí existen repositorios de ámbito internacional, de uno u otro modo los más reconocidos tienen sus condiciones para subir los artículos o materiales: o deben ser libres, o deben haber pasado un proceso público de revisión y validación, etc. Sin ánimo de atacar dichos criterios — que compartimos en muchos casos — se dan circunstancias donde interesantísimos contenidos no tienen cabida en dichos repositorios por cuestiones puramente formales. Entonces, quedan dos opciones: o bien se dejan de subir a dichos repositorios, o bien se diseminan por Internet según la tipología: las presentaciones en Slideshare, los diagramas en Flickr, las conferencias en VideoLectures, etc.

Decíamos que lo que resultaría anatema es que cada uno se lo montara por su cuenta. Pero ¿por qué? Con las actuales tecnologías es posible maquetar con extrema facilidad un artículo o un material didáctico para que tenga una apariencia más que buena. Las tecnologías web 2.0 ofrecen al académico docenas de herramientas que le permiten publicar en la red como nunca antes había sido posible. Obtener un ISBN o un ISSN para una publicación puntual o seriada — respectivamente — es un trámite que puede realizarse ya en línea casi al completo o al completo, según requisitos. ¿Por qué, entonces, no aventurarse a (a) auto-archivar los propios trabajos y (b) auto-publicar lo que, en otras circunstancias, nunca saldrá a la luz?

Por supuesto, y ya lo hemos dicho antes, no nos referimos a saltarse el sistema académico que garantiza la calidad de las publicaciones, en absoluto. Pero, por norma general, tesis, tesinas, trabajos de final de carrera (en el caso de estudiantes), working papers, etc. pasan internamente por un filtro de revisión tan bueno o mejor que el que siguen las revistas especializadas… pero, salvo excepciones, no saldrán de nuestro despacho.

¿Queda, pues, un nicho para la acción individual en el ámbito de la publicación y la difusión de la investigación y la docencia?

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